Sembrando el mar

por martes, agosto 15, 2017 0 No tags Sembrando el mar">Permalink 0

Diez años atrás, Fabián casi arruina la vida de su profesor favorito. Por su culpa, Sergio fue acusado de violación y casi termina en la cárcel. Pero la vida da muchas vueltas, y después de mucho tiempo se reencuentra con su amado profesor, y debe aprender a convivir codo a codo con el hombre que lo odia.
Sergio ha pasado los últimos años de su vida amargado por las mentiras que casi le arruinan la vida y por las que debió abandonar su ciudad y reconstruir su vida, desde el desastre que causó uno de sus alumnos. Ahora que debe trabajar con Fabián, aprenderá que la vida jamás deja de sorprendernos, sobre todo cuando debe aceptar la creciente atracción que siente por el joven profesor.
¿Cómo amar a alguien al que se ha odiado por tanto tiempo?

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ADELANTO DEL LIBRO

1

Sergio divisó la alta figura de Alen y caminó hacia él. Era difícil no vislumbrar a su colega, pocos hombres se veían tan guapos con aquel tono de piel morena, brillantes ojos azules y un cuerpo tan tonificado. Si no fuera además su amigo, y no supiera que solo tenía ojos para su novio, no habría dejado pasar la oportunidad de ponerle las manos encima al atractivo profesor de educación física.
Cuando Alen recién llegó al colegio hacía unos años, habían mantenido un trato amable y amistoso; hasta que un día estaba en un concurrido club gay y se encontraron cara a cara a la salida de un baño. Las caretas cayeron en ese momento y con el tiempo se volvieron buenos amigos, uno de los pocos que tenía, ya que después de dejar el norte, muchos de los que creía verdaderos se habían alejado, y con los años, él mismo se había encargado de alejar al resto.
Dejando los malos recuerdos atrás, se acercó a Alen, quien estaba conversando con alguien, y sonrió a su amigo cuando notó su presencia.
—Mira, justo aquí viene —escuchó decir a Alen con una sonrisa encantadora—. Sergio, te presento al nuevo profesor, Fabián Rojas.
Casi se quedó de piedra, cuando reconoció enseguida el nombre y también al hombre que estaba junto a su amigo: era su ex alumno, el maldito niño que casi le arruinó la vida.
—Profesor Ramos… —murmuró Fabián.
Un horrible déjà vu de la época en que Fabián era su alumno y lo miraba con sus grandes ojos oscuros vino a su memoria, y con aquella visión también volvieron otras.
Todos los recuerdos de lo vivido llenaron su corazón de miedo. Miedo de que aquel niñito consentido y perverso que ahora estaba frente a él, volviera a mentir, que volviera a decirle a todo el mundo que era un pederasta. Trató de fingir indiferencia, pero sabía que fallaba horriblemente en el intento. Sin embargo, tuvo éxito en reprimir las ganas de envolver sus manos en el cuello de la pequeña sabandija.
—Mucho gusto, bienvenido al colegio —exclamó fingiendo amabilidad, pretendiendo que no conocía a Fabián.
El joven profesor lo miró sorprendido y asintió antes de bajar el rostro pálido.
—Ya debo irme a mi clase, ¿quieres que te acompañe a tu sala de clases, Fabián? —preguntó Alen.
—Yo no tengo prisa —interrumpió—. Ve a tu clase, yo acompaño a Fabián.
—¡Genial! Sabía que ustedes se llevarían bien —exclamó, guiñándole un ojo y alejándose por el pasillo.
—Profesor… —comenzó a hablar Fabián cuando Alen ya no podía escucharlos, pero antes de que dijera nada, lo agarró del brazo con brusquedad y lo empujó de vuelta a la sala de profesores. Por la hora sabía que estaría desocupada, y apenas estuvieron dentro, cerró la puerta y se apoyó en ella.
Las preguntas se arremolinaban una tras otra en su cabeza: ¿Qué hacía Fabián allí? ¿Con qué objetivo estaba en el colegio? ¿Solo por el puesto de profesor o vendría a acosarlo? ¿Volvería a inventar mentiras sobre él o sobre Alen? Tenía que saber, debía estar preparado esta vez.
—¿Qué demonios pretendes? —preguntó con los dientes apretados.
—¿Pretender?
—Sí, ¿por qué diablos estás aquí? ¿Qué es lo que pretendes llegando de repente a mi lugar de trabajo? —preguntó cada vez más enojado.
—No sabía que usted trabaja aquí.
—¿Y quieres que te crea? ¿De todos los colegios del país decidiste trabajar precisamente aquí?
—No lo decidí. Estaba desempleado y Alen se ofreció a entregar mis datos.
—¿Alen te recomendó? —preguntó sorprendido.
—Sí. Es algo así como el tío de dos de mis mejores amigos.
—¿Quiénes?
—David y Max.
Alen le había hablado muchas veces de los hijos de su amigo y conocía bien sus nombres, aunque no los conociera en persona. Aún así, no se fiaba de Fabián, le había hecho demasiado daño como para confiar en sus palabras.
—¿Qué hay de la orden de restricción?
—Ya no está vigente, lo averigüé después de que nos encontramos en Bahía Inglesa.
—¿Estás seguro?
—Sí, lo estoy.
—Bien —le aseguró, cerniéndose sobre él amenazadoramente—, entonces te dejaré algo claro: Este es mi lugar de trabajo. Me he ganado una reputación libre de mentiras y acusaciones falsas. Nadie aquí sabe de esa historia, ¡nadie! Y si alguien se llega a enterar te haré personalmente responsable.
—No diré nada, lo prometo. Yo quería explicarle…
—¡No me interesan tus falsas explicaciones! Lo único que quiero es que te mantengas bien lejos de mí. Una sola mentira que escuche salir de tu boca como las que inventaste en el norte, y te juro por lo más sagrado que esta vez nada evitará que te saque la mierda como te lo mereces por lo que me hiciste. He trabajado duro para tener la reputación intachable que tengo y ningún malnacido como tú la va a arruinar de nuevo.
Se dio media vuelta y cuando tenía la mano en el picaporte, Fabián habló con tristeza en su voz:
—Jamás haría nada que lo perjudicara.
—Creo que ya es un poco tarde para eso —exclamó, abriendo la puerta y cerrándola de golpe en la cara de Fabián.
Caminó hacia su sala de clases con la rabia hirviendo a fuego lento. Apenas entró, el desorden y los gritos de los alumnos lo pusieron de más mal humor aún. Ni siquiera saludó antes de hablar con voz firme, haciéndolos callar a todos:
—Saquen una hoja, haremos una prueba de evaluación —apenas empezaron los reclamos, los calló a todos—, ¡y en silencio!
El mutismo que siguió a sus palabras solo evidenció el miedo que le tenían sus estudiantes. Quería pensar que era respeto, pero sabía que era miedo; por algo lo llamaban El Perro Ramos. Sabía que ese era su apodo, entre muchos otros, y no aguantaba que nadie, excepto Alen, le hiciera bromas al respecto. Su amigo solía llamarlo Cachorro o Perrín, aún no decidía cuál de los dos apodos era peor.
Escribió en el pizarrón varios ejercicios bastante complejos, sabiendo que muchos no recordarían la materia del año anterior y que aquella prueba sería un absurdo derramamiento de notas rojas.
Se sentó a vigilar a los alumnos y a disfrutar de algunos minutos de silencio tratando de calmarse. Sentía aún mucha rabia y al mismo tiempo mucho miedo. No confiaba en Fabián y si el muy maldito decidía hacerle daño, lo haría, y no había nada que pudiera hacer.
Su destino y su vida estaban en las manos del hombre que ya lo había destruido una vez, y tenía todo el poder para hacerlo nuevamente.

2

Alen llegó a casa de su primer día de clases y se dirigió directamente a la cocina. Por su horario, siempre llegaba antes que Chris, así que solía comenzar la cena y luego su novio se le unía. Era una pequeña rutina que les gustaba a ambos, pues aprovechaban para hablar sobre su día y las noticias con tranquilidad.
Cuando su teléfono sonó, enseguida pensó que era Chris, pero era un número desconocido.
—Hola —respondió, esperando que no fuera una de las tantas llamadas para ofrecerle un plan telefónico.
—¿Con el señor Alen Mariante?
—Sí, con él.
—Me llamo José Martínez, cabo de Carabineros de Chile, lo llamo porque su nombre aparece como contacto de emergencia en un teléfono —Alen dejó caer el cuchillo que sostenía y comenzó a rezar, aún mudo, sin poder hablar, solo escuchando lo que el policía le decía—. ¿Conoce al conductor de la camioneta patente HHZS58?
—Sí… —respondió con un hilo de voz—, es de Chris, Christian Bhram. ¿Qué pasó?
—Tuvo un accidente automovilístico.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Está bien? —preguntó desesperado.
—Otro automóvil lo embistió, pero está vivo y se encuentra camino al hospital en estos momentos. Por protocolo le corresponde atención de urgencia en el Hospital Salvador.
—¿Está mal herido?
—Lamentablemente no puedo darle información de su estado por teléfono, pero al menos estaba consciente cuando los bomberos lo sacaron del vehículo.
—Oh, por Dios… ¿Tuvieron que sacarlo los bomberos del vehículo? —preguntó más para sí mismo que para el policía, imaginándose a Chris herido en medio de un amasijo de fierros—. Voy enseguida. Gracias por llamar.
Se despidió del policía rápidamente, cogió sus llaves y salió disparado al hospital. En el auto llamó a Marco y le avisó lo que había sucedido. Cuando llegó a Emergencias, Marco y Erick ya se estaban bajando de su camioneta también.
—¿Qué te dijeron por teléfono? ¿Está bien? —preguntó Marco atropelladamente.
—No lo sé. Me dijeron que no podían darme información de su estado por teléfono, pero tuvieron que sacarlo del auto con bomberos.
La cara de Marco dijo todo lo que no verbalizó, y era obvio que sus amigos estaban tan asustados y preocupados como él. Sin decir nada más, corrieron a pedir información sobre Chris.
—¿Parentesco? —preguntó la auxiliar de informaciones.
—Amigos —dijo Marco.
—Lo siento, pero solo puedo dar información al cónyuge y parientes cercanos.
—No es casado y su única familia sanguínea está en La Serena. Su familia más cercana soy yo, su pareja —respondió.
—Legalmente no es un vínculo válido —exclamó la terca mujer—. Me temo que no puedo darle información. Solo a cónyuge y parientes cercanos.
—¡Soy su marido de hecho! ¡No hemos firmado un puto papel porque en este país no se puede, pero eso no me va a impedir saber si mi pareja está bien!
—Entonces llamaré a seguridad.
—Y yo a mi abogado —exclamó Marco, sacando su teléfono—, que por cierto es experto en la Ley Zamudio y casos de discriminación.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó un doctor, acercándose.
—Doctor… Lo siento, no quería armar una escena, pero mi pareja se accidentó y la enfermera no quiere darme información porque no hay ningún pariente presente.
—¿Cuál es el nombre de su pareja?
—Christian Bhram.
—Soy el doctor Briones, jefe de turno —dijo el doctor, estirando su mano para estrechar la de Alen—. Atendí a su pareja hace unos momentos, se encuentra bien. Se golpeó la cabeza y tiene un esquince cervical, pero nada de gravedad.
—¿Va a estar bien?
—Sí, está en observaciones por el golpe, aunque podrá irse a casa en unas horas.
—¡Gracias a Dios! —exclamó, dejando salir el aire que estaba reteniendo—. ¿Podría verlo solo unos minutos?
—Por supuesto que sí, sígame y disculpe el mal criterio de algunas funcionarias.
—Pero doctor… —reclamó la auxiliar.
—Hablaré después con usted —le respondió el doctor muy enojado.
Siguió al médico a través de unas puertas hasta una sala, y lo tranquilizó ver que Chris estaba recostado sobre la camilla con un cuello ortopédico. Solo se veía un poco pálido, pero nada parecía roto o sangrante.
—Hola, amor —saludó, tomando la mano de Chris y besando su frente—, ¿cómo te sientes?
—Bien, solo me golpeé un poco la cabeza.
—Suerte que eres de cabeza dura. ¿Qué fue lo que pasó?
—Un idiota en la costanera, se pegó a mi automóvil, obviamente para que me cambiara de carril, así que adelanté un poco y comencé a cambiar de pista, pero el idiota no esperó a que terminara mi maniobra y aceleró. Sentí el golpe en la parte trasera de la camioneta y comencé a girar hacia la derecha, quité el pie del acelerador y mantuve firme el manubrio tratando de controlarlo, pero el auto que venía por el carril derecho también me golpeó. Lo último que sentí fue el sonido del airbag activándose y que el mundo se me volteaba de costado.
Su estómago se apretó cada vez más con la historia de Chris, comprendió que no había sido solo un pequeño accidente, había sido un accidente serio, que pudo costarle la vida. El pensar que pudo haber perdido a su novio de esa forma, de un momento para otro, lo hizo comenzar a temblar sin poder controlarlo.
—¿Estás bien? —preguntó Chris.
—Sí, solo estaba muy asustado. Salí corriendo de la casa y creo que recién me vino el bajón de adrenalina.
—Lamento haberte asustado. El accidente no fue mi culpa.
—Sé que no fue tu culpa, eres prudente para conducir, amor, siempre lo has sido.
Abrazó a Chris lo más fuerte que pudo con cuidado de no lastimarlo.
Unas horas más tarde pudieron volver a su casa, donde lo abrazó tras acostarlo a su lado y elevó una plegaria agradeciendo que su Chris, su muñeco, estaba a su lado y lo más importante: sano y salvo.

3

Fabián caminó por el pasillo del colegio donde trabajaba con el pecho hinchado de alegría. Habían pasado más de cuatro meses desde el comienzo de las clases y amaba su trabajo. Era profesor jefe del quinto básico y sus niños eran revoltosos pero adorables. Siempre había querido ser profesor y aquel trabajo era soñado.
Se le pararon los pelos y su alegría decayó cuando se cruzó en el pasillo con el único punto negativo de trabajar allí: Sergio Ramos.
La fría mirada, llena de rencor y odio cayó sobre él como un balde de agua fría, se estremeció y bajó la mirada queriendo hacerse invisible. Vio a Sergio alejarse y suspiró frustrado. A pesar del tiempo transcurrido desde aquel primer día de clases, aún sus nervios estaban a flor de piel cada vez que se encontraban en el pasillo o en la sala de profesores.
Contradictoriamente, aunque temiera sus encuentros, los anhelaba cada día más. Sergio había sido su primer amor platónico y el profesor que más había influido en su vida, tanto que había elegido la pedagogía como carrera profesional. Aún después de diez años, y a pesar de tener novio desde hacía tiempo, cada vez que se cruzaba con él su corazón latía desbocado. No ayudaba que con la edad se hubiera vuelto aún más guapo de lo que recordaba, pero su expresión seria desentonaba con los recuerdos que tenía del profesor siempre alegre y amable, con una vocación tan grande por enseñar que contagiaba. Por ese entonces era un hombre adorable y simpático, dedicado a sus alumnos y a su profesión. En cambio, ahora se veía serio, hosco, hasta se diría que amargado. En los meses que llevaba en el colegio no recordaba haber visto ni una sola sonrisa en su rostro.
O tal vez era solo que no le sonreía y estaba seguro que solo lo odiaba a él, ya que parecía que se llevaba de las mil maravillas con Alen. Aunque no era de extrañar. Con esa personalidad chispeante, el guapo profesor de educación física parecía llevarse bien con todo el mundo. Solía aguantarse la risa al observar los vanos intentos de algunas profesoras solteras que le coqueteaban insistentemente a Alen, a pesar de que siempre rechazaba las invitaciones y aclaraba que estaba comprometido y enamorado, ninguna de ellas se rendía.
Se apoyó en la pared, y volvió a suspirar pensando en Sergio. Sabía que necesitaba arreglar las cosas con él, pero no sabía cómo. Aún no encontraba las palabras adecuadas ni reunía el valor suficiente para acercarse y explicarle cómo habían sido las cosas. Si tan solo Sergio supiera cuan culpable se había sentido durante todos esos años…
Su teléfono vibró en el bolsillo y sonrió al ver que era su novio, Alejandro, quien llamaba. Llevaban tres años saliendo, desde el último curso de universidad, sin embargo, solo el primer año de relación habían estado realmente juntos. Ahora pasaban mucho de su relación a la distancia porque Alejandro trabajaba en las mineras del norte, con un régimen de turnos que llamaban siete por siete: pasaba siete días arriba en la mina, y los otros siete días los tenía libres.
Antes solían pasar sus días libres juntos, pero los últimos meses, muchas veces, Alejandro escogía quedarse en el norte y no viajar a Santiago a verlo. Sabía que no era un problema de dinero, ya que Alejandro era geólogo y su trabajo en la minería era uno de los mejor remunerados, por lo que ganaba cinco o seis veces lo que él ganaba.
—Hola, amor —saludó.
—Ey, ¿cómo estás, Fabi?
—Bien, extrañándote. ¿Viajas mañana en la noche?
—Bueno, en realidad, creo que no.
—¿Por qué no? —preguntó decepcionado.
—Estoy muy cansado, no me hago el ánimo de viajar.
—Pero hace más de un mes que no nos vemos.
—Lo sé, pero después de trabajar siete días seguidos lo último que quiero es subirme a un avión.
—Son solo dos horas de vuelo, después puedes descansar todo el día, toda la semana si quieres.
—¿Por qué no vienes tú al norte? Te compraré los pasajes.
Pensó en su agotadora semana y en lo aburrida que era la ciudad donde vivía Alejandro, pero bien valía el esfuerzo hacer el viaje para estar con él.
—Está bien, me hará bien salir de Santiago —dijo, sonriendo.
—¡Perfecto! Te veré este fin de semana, te quiero por esto.
—Yo también te quiero —contestó, poniéndose colorado y cortando la comunicación.
Se metió el teléfono al bolsillo y sonriendo se dirigió a su clase. Al menos su día se había compuesto un poco: Vería a Alejandro ese fin de semana, y además por fin se pegaría un polvo, después de un mes de abstinencia ya estaba que explotaba. Creía en la fidelidad de una relación monógama, pero nadie podía aguantarse tanto tiempo teniendo un sano y atractivo novio.
Al final del día su humor estaba aún mejor que antes, Alejandro ya le había enviado un mensaje con los datos del vuelo y Mauro se había ofrecido a llevarlo al aeropuerto.
Cuando salía del colegio, miró dentro de su sala casi por costumbre y vio a uno de sus alumnos sentado solo en una banca llorando. Entró a la sala y se acercó preocupado ya que conocía bien al chico; era muy tímido y había notado que varios estudiantes de otro curso lo molestaban y se reían de él en los recreos. Les había llamado la atención a los muchachos, pero era obvio que sus palabras no habían sido suficientemente efectivas.
—Pedro —lo llamó—, ¿estás bien?
—Estoy bien, profesor —exclamó, secándose la cara.
—¿Seguro? —preguntó, sentándose a su lado—. ¿No quieres hablar de lo que te pasa?
—¿Para qué?
—Puedo intentar ayudarte. Cuéntame…
Pedro suspiró y soltó de golpe:
—Los chicos de sexto no dejan de molestarme, lo hacen todo el tiempo. Trato de mantenerme lejos de ellos, pero me esperan a la salida para insultarme y golpearme. No les he hecho nunca nada, pero no me dejan en paz.
—Creo que debería hablar con ellos.
—¡No! Por favor no lo haga, será peor. Me golpearán más si saben que los delaté.
—Lo intentaré, pero no creo que pueda quedarme de brazos cruzados sin hacer nada…
Pedro iba a contestarle cuando abrió muy grande los ojos y se quedó callado. Se giró para comprobar qué había asustado a su alumno y vio a su propio abusador, mirándolo enojado.
—¿Qué haces todavía aquí, Pedro? Vete a tu casa, enseguida —ordenó Sergio con voz dura.
El pobre chico ni siquiera contestó. Tomó su mochila y salió corriendo. La actitud de Sergio lo puso furioso, una cosa era que lo acosara a él, pero no iba a permitir que además tratara mal a sus alumnos.
—¡¿Qué diablos le pasa?! —preguntó, levantándose de la silla y acercándose a Sergio con la rabia a flor de piel—. ¿Cómo puede hablarle así a un niño? Si quiere desquitarse conmigo lo acepto, pero no tiene por qué ser desagradable con los alumnos.
—No pretendo ser desagradable, lo único que hago es mantener la distancia con los alumnos. Si eres inteligente, deberías hacer lo mismo —respondió con desdén y luego le dio la espalda para salir de la habitación.
—¿Por qué haría eso? Ni siquiera entiendo por qué se comporta de esa manera.
Sus palabras detuvieron el andar de Sergio, quien se paró de golpe y luego se giró mirándolo muy enojado.
—¡¿Por qué?! ¡¿Tienes la caradura de preguntarme por qué prefiero mantenerme alejado de mis estudiantes?!
—Me gustaría saberlo. No era así cuando era mi profesor, no era tan estricto ni desagradable.
—¿Crees que me gusta ser estricto? ¿Crees que me gusta mantener a mis alumnos lejos de mí? Lo que intento es evitar que cualquier alumno pueda acusarme de nada. ¡Si desconfío de cualquier alumno, es por tu culpa! Fui nada más que amable contigo y con los demás alumnos de aquel liceo, ¿y qué conseguí? ¡Ser detenido y acusado de cosas horribles! ¡Todo por tus mentiras!
—¡Nunca mentí!
—¡¿Estás insinuando que aquellas asquerosas acusaciones son ciertas?! —preguntó aún más furioso.
—¡No! ¡Nunca! ¡Jamás dije que me hubiera tocado!
—¡Deja de mentir! ¡Leí lo que escribiste! ¡Cada una de tus mentiras!
—Déjeme explicarle…
—No tienes nada que explicar, jamás creeré nada que salga de tu mentirosa boca —dijo, alejándose, y antes de salir de la sala se giró y lo miró—. Aunque no lo creas, te hice un favor, ¿en qué diablos estabas pensando al estar a solas con un alumno y a puerta cerrada? ¿No crees que la gente se preguntará que estabas haciendo con él?
—¿Qué? —preguntó sorprendido—. ¿Qué está insinuando?
—Es fácil acusar a alguien inocente, ¿no? Lo sé por experiencia —exclamó, saliendo de la sala, dejándolo solo con su culpa.
Se dejó caer en una silla con desgana, pensando en las palabras de Sergio y en la fragilidad de su integridad; si bastaba con sentarse a consolar a un alumno para que alguien pudiera creer que se estaba aprovechando del niño… Y era exactamente lo que le había sucedido a Sergio. Si le hubiera pasado algo así, no sabía si hubiera podido superarlo, por eso no lo presionaba para que lo escuchara. Mientras no estuviera abierto a oír sus explicaciones no había nada que pudiera hacer.

4

Fabián se estiró en la cama de Alejandro y sonrió satisfecho después de una ardorosa bienvenida. Su novio lo había recogido en el aeropuerto unas horas antes y se dirigieron derecho a su apartamento, no alcanzaron ni a cruzar la puerta y enseguida se arrojaron el uno en los brazos del otro. Podían tener varios problemas como pareja, pero el sexo no era uno de ellos, menos aún si pasaban tanto tiempo separados, los momentos que estaban juntos los aprovechaban al máximo.
—¿Qué te parece si salimos a cenar algo rápido y después vamos a bailar? —propuso Alejandro acostado a su lado.
—Podemos ir mañana a bailar. Preferiría volver aquí después de cenar, todavía no acabo contigo.
—Parece que no lo hice tan bien si todavía estás insatisfecho —exclamó Alejandro, poniéndose sobre él.
Gimió moviendo las caderas, invitándolo a acercarse más.
—Es tu culpa —lo regañó—, tengo solo veinticinco años, no puedes esperar que no tenga sexo en más de un mes y que cuando nos veamos no esté caliente.
—Me gustas caliente… —le dijo, mordiendo su cuello con suavidad y luego alejándose de improviso—, pero ahora estoy muerto de hambre. Vístete y salimos enseguida.
—Aguafiestas, ¿me vas a dejar así de caliente? —Le señaló su erección.
—Jamás te dejaría así —susurró, inclinándose sobre su regazo y bajando la cabeza hasta su pene.
Levantó las caderas y Alejandro se lo tragó como un profesional. La boca cálida y receptiva rápidamente lo llevó al borde, quería correrse dentro, pero a Alejandro no le gustaba, así que le avisó y su novio trepó por su cuerpo juntando sus erecciones en su puño. Solo bastaron un par de bombeos, y ambos terminaron en un perfecto nuevo orgasmo.
Se relajó y se abrazó al cálido cuerpo que tanto extrañaba, después de tres años juntos se conocían perfectamente; cada parte del cuerpo del otro, y además cada manera en la que al otro le gustaba que lo tocara. Podía decirse que en muchos aspectos eran una pareja perfecta y quería a Alejandro, tal vez incluso más de lo que había amado a otro novio, pero la distancia y el tiempo les habían pasado la cuenta, porque ya no se sentía tan feliz a su lado como antes. Estaba cansado de pasar semanas solo, de querer y necesitar abrazar a alguien en los momentos difíciles y no tener a nadie a su lado.
Lo que más lo molestaba era la indiferencia de Alejandro, no sentía que quisiera estar a su lado. Pocas veces lo llamaba por teléfono, con la excusa de que había mala señal en la mina, y en sus días libres prefería quedarse cómodamente en el norte en vez de viajar solo dos horas para estar juntos.
Su situación lo había hecho cuestionarse varias veces su relación, preguntándose si seguía con Alejandro porque realmente lo amaba, o solamente por costumbre. Tal vez evitaba ponerle fin por no querer sentir que había fracasado en lograr salvar una relación que muchas personas le habían dicho que no funcionaría por la distancia.
—Voy a ducharme —exclamó antes de levantarse al baño.
Bajo el agua caliente comenzó a desechar todas sus dudas; estaban juntos y eso era lo que importaba, los problemas se solucionarían de a poco y encontrarían la forma de verse con más frecuencia.
Apenas salió de la ducha, Alejandro entró al baño, dándole un beso al pasar.
El bolso con sus cosas había quedado en la entrada, ya que ellos se habían movido directamente al dormitorio, así que abrió el cajón donde solía dejar algo de ropa para cuando visitaba a Alejandro.
Sacó uno de sus calzoncillos y se lo puso, comenzó a registrar buscando una camiseta y se encontró con algo que no esperaba: un calzoncillo marca Armani. Levantó la prenda sabiendo que no era suya y tampoco de Alejandro, no era de su talla y tampoco era del tipo de modelo que solía usar. Arrojó la prenda sobre la cómoda y se vistió rápidamente de manera automática, sin poder quitarle la vista al maldito calzoncillo.
Cuando Alejandro salió del baño se quedó mirándolo, extrañado.
—¿Pasa algo? Te ves extraño parado ahí.
—¿De quién es esto? —preguntó, mostrándole la prenda.
—Tuyo —contestó enseguida.
—No, no lo es, dime de quién es esto.
—No lo sé… —contestó nervioso—. Estoy seguro de que es tuyo.
—¿Me crees idiota? Conozco bien mi ropa interior, no tengo ningún calzoncillo Armani. ¡Ahora dime de una puta vez de quién es!
—No es nada, Fabián… No significa nada —dijo con voz culpable, tratando de quitarle la prenda de la mano.
—¿Quién es él? —preguntó con un nudo en la garganta.
—¡Nadie! ¡No hay nadie más!
—¡Mentira! ¿Crees que no puedo ver que me estás mintiendo? ¡¿Quién es él?!
—¡Nadie importante! Fue un error, nada más.
—¿Cuántas veces fue un error?
—Fabi…, no significó nada.
—¡Tal vez no para ti, pero es obvio que esto no fue solo la aventura de una noche! —contestó, casi gritando—. Quien quiera que sea me quiere fuera de tu vida o no habría dejado su ropa interior entre mis cosas, para que yo las encontrara. ¡¿Quién es él?!
—Un compañero de trabajo —contestó Alejandro, bajando la mirada—. Fue solo un error, trabaja en la mina…
—¡Maldito! —gritó, arrojándole los calzoncillos en la cara.
—Fabián, por favor, escúchame. Te amo y cometí un error… —Trató de acercarse y tomarlo por los brazos, pero se sacudió las sucias manos que habían tocado a otro hombre.
—¡No me toques! ¡No quiero que vuelvas a tocarme!
Se giró y comenzó a vaciar sus cosas del cajón. Notó que había además una camiseta y unos calcetines que no eran suyos, separó las prendas y llevó sus cosas hasta donde había quedado su bolso, metió todo apresuradamente y fue hasta la puerta.
—¡Fabián, espera! —lo llamó Alejandro, llegando hasta él—. Por favor no te vayas, hablemos de esto. Te juro que no significó nada, fue solo sexo. Me sentía solo, tú no estabas aquí y yo…
—¿Y crees que yo no me siento solo sin ti, imbécil? ¡Te extrañaba cada día! ¡Pero pensé en adoptar un gato y no en ponerte los cuernos!
Salió hecho una furia, azotó la puerta, tomó el primer taxi que encontró y se fue directamente al aeropuerto.

***

Fabián bebió un trago de su cerveza y se recostó en el sofá de su apartamento. Mauro, Diego y él compartían un pequeño lugar desde que los tres se habían trasladado a Santiago.
Había tomado el primer avión que pudo y Mauro junto a Diego lo recogieron en el aeropuerto. Temi seguía trabajando en el norte, Max estaba junto a su curso en la Estación Costera de Investigaciones Marinas en la playa de Las Cruces y David estaba estudiando para unos exámenes, sin embargo, todos le habían enviado mensajes y le habían prometido ir a verlo en cuanto pudieran. Se alegró de saber que todos sus amigos cercanos estaban preocupados por él.
—¡Ese maldito hijo de puta! —exclamó Mauro enojado—. Debiste gritarle, insultarlo más. No quedarte con la rabia atorada en el pecho, Fabi.
Mauro tenía razón, debería haberle gritado unas cuantas verdades a Alejandro, pero no soportaba seguir viéndole la cara. Estaba furioso, pero también dolido y deprimido; eran tres malditos años de su vida que su infiel novio había arrojado a la basura.
—¿Te sientes mejor, Fabi? —preguntó Diego, tomando su mano.
—Me siento tan estúpido, debí haberlo sabido.
—No te culpes —exclamó Mauro enojado—. Alejandro es el puto infiel que no puede mantener su pito en los pantalones, no tú.
—Pero me lo advertiste, me dijiste que una relación a distancia no funcionaría.
—Y también te dije que ibas a querer la compañía de otros hombres cuando estuvieras solo, ¿y lo engañaste? No, y eso demuestra que eres mejor persona que él.
—Mauro tiene razón —dijo Diego—, si se sintió atraído por otro, debió terminar contigo antes de serte infiel. Además, como tú mismo dijiste, no fue una aventura de una noche, tiene una relación paralela.
—Soy tan estúpido, sabía que no estábamos bien, incluso más de una vez pensé en terminar con él. No entiendo por qué me duele tanto su engaño.
—Porque lo quieres y porque traicionó tu confianza.
—Sí, y recuerda eso cuando vuelva pidiendo perdón —agregó Mauro—, porque lo hará y espero que seas lo suficientemente inteligente como para no darle una segunda oportunidad.
¿Lo haría? ¿Podría perdonar una traición así?
—No pongas esa cara, Fabi —lo regañó Mauro—. Ni pienses en perdonarlo, lo digo en serio.
—Esa debe ser su decisión —intervino Diego.
—Pero sería una decisión estúpida, ¿te das cuenta de que la confianza ya se quebró? No podrás estar tranquilo nuevamente si vuelves con él, cada vez que decida quedarse en el norte te preguntarás si lo hizo para estar con otro, incluso cuando esté trabajando…
—Me preguntaré si está con su compañero de trabajo —completó la frase por Mauro.
—Exacto, cariño. No quiero decirte qué hacer, pero no me gusta verte sufrir por él. Prométeme que lo pensarás bien antes de perdonarlo.
—Lo haré, te lo prometo.
—Eso es todo lo que pido.
—Gracias, chicos. Gracias por estar a mi lado.
—Para eso son los amigos, tonto. Para estar en las buenas, en las malas y cuando tienes que ocultar un cadáver… Ups, mejor no te doy ideas.
Los tres se largaron a reír y Fabián los abrazó a ambos. A pesar de la tristeza y el dolor de la traición, su roto corazón se alegró de saber que tenía siempre a sus amigos para apoyarlo.

 

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